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Voy a intentarloAlbanchez de Mágina se reconoce antes de llegar
El castillo sobre la peña, las casas blancas escalonadas bajo la montaña y los olivares extendiéndose hacia el valle. Este municipio de la provincia de Jaén, situado en la comarca de Sierra Mágina y en las faldas del Aznaitín, conserva una estrecha relación con la sierra, el agua y la agricultura. Durante mucho tiempo fue conocido como Albanchez de Úbeda, un nombre que todavía aparece en documentos y recuerdos de su pasado. Hoy ofrece al visitante un recorrido por fortificaciones medievales, fuentes y lavaderos, caminos de montaña y una cocina ligada a los productos de la tierra.
El castillo de Albanchez es su imagen más característica. Levantado sobre un risco de la Sierra de los Castillejos, sorprende por la forma en que se adapta a la roca y por su posición sobre el pueblo. Para alcanzarlo hay que ascender un largo tramo de escaleras: una subida que permite ir viendo cómo las calles y los tejados quedan abajo y el paisaje se abre hacia los olivares y las montañas. Su pequeño recinto recuerda la función de vigilancia que tuvo esta fortaleza en un territorio de frontera durante la Edad Media.
Dentro del casco urbano, las cuestas conducen hasta la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, de traza renacentista, donde se encuentra la imagen de San Francisco de Paula, patrón de la localidad. Otro punto del paseo es la Torre del Reloj, construida en 1883, con su cuerpo de mampostería y su campanario de hierro. La plaza de la Constitución, presidida por el Ayuntamiento, permite hacer una pausa y contemplar el castillo desde el propio pueblo. Son lugares cercanos entre sí que ayudan a descubrir Albanchez caminando y prestando atención a sus distintas alturas.
El agua también explica buena parte de su historia. La Fuente de los Siete Caños, con su pilar y antiguo lavadero, está vinculada al abastecimiento y al riego de las huertas. La Fuente de la Seda conserva en su nombre el recuerdo del cultivo de moreras y de una actividad que tuvo importancia en la economía local hasta el siglo XVIII. Visitar estos lugares permite entender cómo se organizaba la vida cotidiana alrededor del agua: lavar la ropa, abastecer las casas y mantener los cultivos.
Para conocer el entorno natural, el paraje de Hútar ofrece un rincón de manantiales, vegetación y espacios de descanso, tradicionalmente utilizado como lugar de encuentro y merendero. Quienes buscan una excursión más exigente tienen en la Caldera del Tío Lobo uno de los paisajes más singulares del municipio: un barranco donde el agua ha modelado la roca y forma pozas y saltos hasta una cascada encajada en una pared vertical. Su acceso incluye pasos estrechos y tramos con cadenas, por lo que conviene consultar el estado del recorrido y preparar la salida como una ruta de montaña.
La visita también tiene sus sabores propios. En el recetario de Albanchez aparecen los borullos, los andrajos, las papas con miguilla, la calabaza con caldo y la morcilla de res. Entre los dulces tradicionales se encuentran los almendrados, las hojuelas y los roscos. El aceite de oliva ocupa un lugar central en esta cocina y conecta la mesa con el paisaje que rodea al pueblo. Preguntar por las elaboraciones locales y los platos disponibles durante la visita es otra manera de acercarse a su cultura.
Si vienes a comienzos de mayo, encontrarás una de las expresiones más reconocibles de su patrimonio vivo: las fiestas de San Francisco de Paula, celebradas tradicionalmente del 3 al 6 de mayo. El Rosario de los Hachones recorre las calles con antorchas elaboradas con esparto y pez, entre luminarias encendidas. Durante las procesiones del patrón, los vecinos arrojan trigo desde los balcones como ofrenda al santo. El fuego, la música y el trigo forman parte de una celebración que mantiene visible el vínculo de Albanchez con sus cosechas y sus creencias.
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Tengo otro recuerdo que todavía me hace sonreír, las monedas que a veces me encontraba dentro.
Cuando alguien hacía una llamada antes que yo, y se dejaba alguna moneda, me la llevaba super contenta. Era como encontrar un pequeño tesoro, aquella moneda encontrada allí tenía un valor especial porque era algo inesperado, algo que me había encontrado yo.
Recuerdo mirar bien antes de salir de la cabina, por si quedaba alguna moneda olvidada. Hoy puede parecer una tontería ,pero entonces encontrar unas pesetas dentro de aquella cabina podía alegrarte el día.
Isidoro Padilla si está en los que puse
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