Se elegía al azar a la persona que tenía que quedársela escondiendo una china (piedra pequeña) en uno de los dos puños cerrados. Quien escogía la mano vacía quedaba libre, mientras que quien señalaba la mano que contenía la china era quien tenía que adivinar quién de los demás jugadores le había dado en la mano que tenía en la espalda.
Esta persona se colocaba de espaldas al resto de los jugadores y mirando hacia una pared. Con una mano se tapaba los ojos para no ver y colocaba la otra abierta detrás de la espalda, por debajo de la axila. Entonces, uno de los participantes le daba una fuerte palmada en la mano abierta.
Después de recibir el golpe, el jugador se volvía rápidamente e intentaba adivinar quién había sido. Para despistarlo, todos levantaban un dedo y hacían un sonido como un zumbido, fingiendo que cualquiera de ellos podía haber dado la palmada.
Si no acertaba, tenía que volver a colocarse de espaldas y continuar jugando hasta descubrir al responsable. Cuando lograba identificarlo, el jugador descubierto pasaba a ocupar su lugar y comenzaba una nueva ronda.
Alrededor de los jugadores se situaban los mirones, que animaban el juego.
Actualmente los jóvenes conocen este juego como bisoplí.

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