Mira, las recetas de antes… las de ahora son más finas. Yo, de las de ahora, te digo que no sé hacer muchas; yo, las de antes: las gachas blandas, los andrajos, los borullos, el arroz, la paella de arroz, el arroz con bacalao, las migas. De todo eso hacíamos, y era un encanto.
Veinte años guisando para la Asociación de Mujeres
Yo estoy en la Asociación de Mujeres desde hace más de veinte años, desde que se formó. Me dijeron a mí que guisara, y he estado más de veinte años guisando, pero guisando para cincuenta, sesenta o setenta mujeres: haciendo borullos, haciendo arroz, haciendo gachas blandas. De todo. Hace poco les dije que yo ya voy a dejar esto, porque ya llevo mucho tiempo.
Una vez, en la semana cultural del verano, amasé treinta huevos de roscos. Digo: «¿Queréis que los amase en mi casa?». Los amasé aquí, en el lebrillo, treinta huevos, y salieron dos cajetones de roscos. Buenísimos, buenísimos.
Y para los borullos me tiraba tres o cuatro días haciéndolos para sesenta personas. Yo no quería a nadie ayudándome, porque una habla y se le escapa el perdigón, y a mí en mi casa no se me escapa nada.
El arroz de la abuela
Yo, todos los domingos, ahora mismo —que tengo 88 años, del año 38—, todos los domingos hago arroz y nos juntamos en mi casa veinte personas para comer. Vienen las nietas, «el arroz de la abuela», viene mi hijo… y a los novios de ellas les gusta a todos. Para veinte personas, todos los domingos. Y yo les digo: «Hijo mío, qué de menos me vas a echar».
Y les dice mi hijo a las mujeres: «Aprended los guisos que hace mi mamá, que cuando mi madre se muera ya no los probamos».
Los borullos
Los borullos se hacen con las manos. Pues pimiento, tomate… y si quieres le echas carne de conejo, o si quieres lo haces de pescado. A mi hijo la carne no le gusta mucho, le gusta más el pescado, y cuando vienen las nietas lo hago de pescado: le echo langostinos, le echo gambas, le echo almejas, bacalao si quiero, y tomate, pimiento, cebolla y alcachofas si hay.
Los guñuelos
Pues la receta de los guñuelos: calientas agua y echas la harina en un lebrillo —siempre se echa en un lebrillo, yo tengo mis lebrillos de eso—. Echo la harina, hago un hoyo y echo la levadura, levadura de masa, del horno. La deshago bien deshecha, le echo su poquita de sal y un chorreo de anís y matalahúva, y ya empiezo a menearlo, moverlo, moverlo, hasta que la masa se hace. Se queda muy baja, pero la tapas con un mantel, la dejas reposar, y sube hasta lo alto del lebrillo.
Y ya empiezas a hacer los guñuelos. Calientas el aceite, sacas un poco de aceite en un plato con una chorrea de anís, y a cada masa que echas te mojas los dedos en el aceite. Con una caña les das la vuelta y los sacas. Yo tengo una vara de olivo gorda que pelé y fregué muy bien fregada, y con ella los saco; ya está medio quemada por un lado y por otro, pero los saco muy bien.
Los rosquillos de la sartén
Los rosquillos de la sartén los hacían antes muy buenos, muy buenos, y ahora los hago yo también. Antes les echaba unos sobres que había de la tienda, y ya no les echo nada de eso: les echo matalahúva, la raspadura de limón, una chorrea de anís, y a cada huevo una cucharada de bicarbonato, como una uña por detrás de la cuchara. Si hago diez huevos, diez de esas.
Con diez huevos, siempre: dos vasos de aceite, dos vasos de vino —vino blanco, corriente— y dos vasos de azúcar. Y el bicarbonato. Y me salen buenísimos. A mi Pedro le gustan mucho; dice que esto es mejor que lo que venden en los hornos, porque esto no tiene mezcla ninguna. Siempre que viene se los saco del congelador.
Pero el otro día se me olvidó echarles la raspadura de limón, que la tenía rallada en el cajón de la nevera para echársela. Una noche estoy viendo la tele, sale uno raspando un limón, y digo: «¡Ya no le eché yo el limón a los roscos!». Viene mi Pedro otro día, saco los roscos y le digo: «A ver si les notas algo». Dice: «No, mamá, yo no les noto nada». Digo: «Que se me olvidó echarles una cosa». Dice: «Mamá, el limón… pues que sepas que están mejores que los otros». Buenísimos, de sabor y de comer, buenísimos.
La morcilla
Yo, haciendo la morcilla, no quiero la de tienda de nadie. Tengo a mi Pedro, que es cocinero —lleva treinta años en la cocina— y ya quiere aprender a hacer la morcilla antes de que yo falte. Ya sabe hacerla.
Yo compro mi cebolla y me la corta él con su cuchillo. A veces hago tres sangres, que son veinticinco kilos de cebolla. La sangre es de borrego —de marrano no puede ser— y sebo también. Cuando la tiene cortada, echo en los lebrillos los aliños: la sangre, la sal, el orégano, todo, y la amasamos entre los dos.
Luego, cada uno con un embudo, vamos llenando las tripas. Tengo unos palos de olivo hechos para eso, porque con el giro de la cuchara las tripas a veces se rompen. Él llenando y yo llenando y atando, los dos solos, sin necesitar a nadie. Se atan de una punta y de la otra.
Y ya las pones en una sartén con agua caliente, en la lumbre. Echas nueve o diez tripas, y cuando empieza a hervir las dejas diez minutos hirviendo. A los diez minutos las sacas a una cubeta limpia con agua fría y las cuelgas en una vara. Añades otra poca de agua para que no esté hirviendo, metes otras diez, y así: porque cociéndolas todas al mismo tiempo, luego salen todas a la vez. Las cuelgas en la vara, y cuando ya están oreadas, al otro día, las coges: nosotros las metemos en bolsas, cinco tripas en cada bolsa, al congelador. Y ya vas sacando cuando quieras.
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Comentarios
1 comentarioMariana (Albanchez de Mágina, 1938) ha sido durante más de veinte años la cocinera de la Asociación de Mujeres, guisando para más de sesenta personas en las celebraciones del pueblo. Su testimonio recoge recetas completas de la cocina de casa —borullos, guñuelos, rosquillos de sartén, morcilla de borrego— y algo más difícil de escribir: cómo se transmiten. Su hijo Pedro, cocinero profesional, aprende hoy la morcilla de su madre «antes de que ella falte»