Yo vivía siempre en El Santo, allí en lo hondo, donde estaba la casa de mi abuelo Colás. Mi madre se quedó muy chica sin madre, y la tía Paca la Gililla, que vivía enfrente, y Manuela la Ropera la enseñaron a ser una mujer. Le dijo la tía Gililla a mi abuelo: «Cómprele una máquina de coser a la chiquilla, que la vamos a enseñar». Le compró la máquina, y la enseñaron a coser, a bordar, a todo.
Una manada de amigas
Más arriba vivían las amigas: Ana, Paula, Fernanda, Dolores, María Jesús… una manada. Jugábamos en El Santo a la piola y a las rayas, y nos juntábamos todas a jugar a los novios.
Había en El Santo una valla, una horma, y por allí nos subíamos, allí debajo de las olivas. Nos juntábamos debajo de un olivo y buscábamos vinagreras, que entonces se comían, como una hierba, y estaban muy buenas.
Las ayozas del guarda
Todos los días íbamos a quitarle las ayozas al guarda de los almendros: donde hoy tiene la casa Antoñita era todo almendro. Íbamos las amigas, allí debajo de los olivos, y nos traíamos una mandilada de ayozas. Allí nos las comíamos entre todas.
Pero un día la hija le dice a su madre: «Mamá, mamá, que me quitan las ayozas, que van todos los días a las ayozas». Y dice la madre: «Pues tú dile otra vez, que mi mamá también tiene boca». Y ya nos volvimos a ir.
Las casicas y las chinas
Ya te digo: nos juntábamos siete u ocho, muchos amigos y amigas, y jugábamos a las casicas con catorce, quince años. Y lo pasábamos muy bien. Jugábamos también a las chinas, y entonces nos decía la gente: «No juguéis a las chinas, que se va a poner el pan caro».
Un día de rebusca con andrajos
Nos fuimos un día a rebuscar, y a la madre le decíamos que íbamos a la rebusca. Pero nos llevamos harina para hacer andrajos, nos metimos en un cortijo y allí estuvimos haciendo andrajos. A la noche, cuando vinimos, dice la madre: «¿Habéis rebuscado?». Hemos hecho muchas diabluras.
Paulito el guarda
Otra vez estábamos debajo de una oliva, allí en lo de Doña María. Entonces, cuando se rebuscaba, iba una aquí y otra allí; pero nosotras, las siete u ocho, todas debajo de la misma oliva. Y se presentó Paulito el guarda. Nos quitó la espuerta y la aceituna, y nos trajo al pueblo, al ayuntamiento. ¡Pero si era rebuscar!
Las cerezas de la nochecera
Luego ya vivía yo aquí arriba, a la salida del pueblo, detrás de la cooperativa, en la casa de mi abuelo. Y mi prima Lola, otra amiga y yo nos sentábamos en un poyo que había en un almacén abandonado, que había sido un estercolero.
Y a la nochecera nos íbamos por una mandilada de cerezas y de albaricoques —entonces no había tanto como ahora— y luego nos lo comíamos allí. Hemos hecho muchas diabluras, muchas.
«Éramos demonios»
Las siete u ocho en carrilera… ¡Oye, oye! Éramos demonios, ¿eh? Pero lo pasábamos mejor que ahora. Porque entonces no había tanto bar ni tanto eso. Y era todo a la buena de Dios.
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Comentarios
1 comentarioEste testimonio retrata la infancia y la mocedad en Albanchez hacia mediados del siglo XX: las redes de vecinas que criaban y enseñaban cuando faltaba una madre, la rebusca de la aceituna vigilada por los guardas y una diversión hecha de calle, olivar y compañía, sin más recursos que la imaginación.