Con 10 o 12 años nos venimos del campo al pueblo y mi padre puso una tienda. La llevaba él, pero le ayudábamos: la limpiábamos de noche para que por la mañana estuviera preparada. Era una tienda muy pequeña, de muy pocos metros, y allí vendíamos de todo: arroz, lentejas, garbanzos, judías, salchichas, lana, hilo, cremalleras, imperdibles…
Tuvimos una temporada con peso de aquellos antiguos, los de dos platillos. Después compramos una báscula. Entrábamos al despachillo levantando una tapadera de madera del mostrador; dentro estaba la mesa redonda. Teníamos unas cosas para guardar el pan, para que no le picaran las moscas. El pan nos lo traía Bartolomé el del Horno: panes redondos, a una gorda o dos gordas la barra. Más tarde llegaron los bollos.
El aceite lo vendíamos con un aparato que medía el litro: marcabas la raya y echabas a la botella. El azúcar la teníamos suelta, en cajones. Los garbanzos también, y las judías, porque entonces todo se vendía a granel — un cuarto, un medio kilo, un kilo. Lo que más se vendía era el cuarto y el medio.
De galletas teníamos las Cuétara y unas largas de desayuno. Me acuerdo de tía Paquita, que llegó un día y me pidió un cuarto de galletas. Yo le digo: «Tía Paquita, ¿cómo las quiere, redondas o de desayuno?» Y ella: «Hija mía, lo que tú me pongas». Le puse desayuno.
Mi padre bajaba al Manchego a por género. Subía en la bestia, en el mulo o el burro, con los serones cargados de cajas de tomate, pimiento, cebolla… Lo que tocara cada día. Llegaba y le ayudábamos a descargar. Se vendía mucho — todas las vecinas venían a comprar.
No creas que se ganaba mucho dinero. Venían las letras y había que pagarlas. Era una tienda muy familiar; comíamos de ahí. Mi padre era ahorrativo y así fuimos tirando. Hicimos obra arriba, en la casa, poco a poco — una habitación cada dos o tres años, porque la tienda no daba para más.
Vendíamos también bicarbonato, medias, calcetines. Lo teníamos todo metido en unas tablas de pared a pared. Cuando había que blanquear, nos subíamos a la escalera con la brocha y teníamos que tapar el género para que no le cayeran gotas.
El chocolate de la Virgen de la Cabeza, qué bueno estaba. Y el Horizonte, otro que era distinto — lo mascabas y se hacía como arenilla en la boca. La leche condensada se vendía en lata, y como había gente que no tenía con qué abrirla, se la abríamos nosotros allí mismo con un aparatillo.
La tienda estuvo 44 años y cuatro meses. De allí salió mi hermana casada, y yo también de allí salí casada. Mi padre se llamaba Antonio, mi madre Rosa. Mi padre solo disfrutó cuatro años de jubilación; como nosotras ya estábamos casadas, nos lo trajimos. Mi madre duró más. Luego la tienda la llevó mi hermano Joaquín muchos años. Él había estado de soldador en Pamplona y después en Almería, y cuando volvió al pueblo, mi madre ya mayor también ayudaba. Para entonces ya no había que bajar al Manchego a por la fruta: mi hermano iba a Jódar, porque ya había coche.
Era una calle muy pasajera, la nuestra. Pasaba mucha gente — para la iglesia, para los bautizos, para las comuniones. El que no compraba azúcar compraba pipas. Los domingos, cuando los niños subían con las maestras, el que llevaba una gorda o dos reales se lo gastaba ahí: chucherías, una bolsa de pipas, un chicle. Mi madre hacía los polos: les metía un palillo de los dientes en unos cacharrillos pequeños.
Para las fiestas, cuando la gente limpiaba en casa, vendíamos aquel aceite rojo para los muebles — para las camas, las tarimas, que entonces eran más oscuras. Y vinagre. Y aguardiente a granel. Y vino dulce: nos lo subían en damajuanas grandes, y por la escalera lo subíamos a la cámara. Desde allí, las mujeres venían con su botella de medio litro y con un embudo se lo bajábamos.
Por las tardes, en verano, yo me sentaba en la puerta. Y todos los que pasaban — «Rosa, ¿no te queda un polo?», «¿no te queda ningún pan?», «se me ha olvidado tal cosa»… Un día y otro, y otro. Y estábamos a gusto.
Es una historia, ¿eh? Pues era feliz. Yo qué sé.
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