La Fuente de los Siete Caños fue durante generaciones uno de los lugares más importantes de la vida diaria de Albanchez de Mágina. Antes de que el agua corriente llegara con normalidad a todas las viviendas, acudir a las fuentes formaba parte de la rutina de muchas familias: allí se recogía el agua para las casas, se daba de beber a los animales y, en el lavadero situado junto a la fuente, se lavaba la ropa.
Situada en la parte baja del municipio, a unos quinientos metros del casco urbano, la fuente recibe su nombre de los siete caños de bronce por los que brota el agua. Esta cae primero sobre un largo pilar que servía también como abrevadero para las caballerías y animales empleados en las labores agrícolas. Desde allí, parte del agua continúa por una pequeña acequia de piedra hasta el lavadero público situado a un lado de la fuente.
El lavadero de los Siete Caños
Adosado a la fuente se conserva el antiguo lavadero público, protegido por una construcción de piedra y organizado en dos hileras de piedras de lavar. Su disposición permitía aprovechar directamente el caudal procedente de los Siete Caños antes de que el agua siguiera su camino hacia las huertas y olivares cercanos.

Todo el conjunto responde a una misma idea: aprovechar el agua varias veces antes de dejarla continuar su recorrido. Servía para el abastecimiento de las personas, para abrevar a los animales, para lavar la ropa y finalmente para regar las tierras. Es un buen ejemplo de la forma en que las comunidades rurales gestionaban un recurso imprescindible y evitaban desperdiciarlo.
Pero el lavadero era mucho más que una construcción relacionada con el agua.
Durante años, lavar la ropa suponía salir de casa cargando con las prendas y realizar a mano un trabajo pesado que podía ocupar buena parte de la jornada. Las fotografías que se conservan de los Siete Caños muestran todavía a mujeres y niñas junto a la fuente en la década de 1970, recuerdo de una época en la que este lugar seguía formando parte de las tareas cotidianas del pueblo.

Alrededor de las piedras del lavadero se compartían también conversaciones, noticias y acontecimientos familiares. Mientras se enjabonaba, aclaraba y escurría la ropa, aquel espacio permitía encontrarse con otras vecinas. De esta manera, los lavaderos públicos terminaron convirtiéndose también en lugares de relación y convivencia, especialmente vinculados al trabajo cotidiano de las mujeres.
Cuando el agua todavía no llegaba a todas las casas
La importancia de los Siete Caños se entiende mejor si recordamos que disponer de agua dentro de las viviendas es relativamente reciente.
Antes de construirse la primera red pública, los vecinos tenían que desplazarse hasta fuentes naturales como los Siete Caños o la Fuente de la Seda para abastecerse, lavar la ropa y realizar otras tareas domésticas. Entre 1934 y 1938 se construyó el depósito conocido como El Arca, con el que Albanchez comenzó a disponer de una red pública de abastecimiento.
Sin embargo, aquella primera red no solucionó completamente el problema. No llegaba a todas las viviendas y, en las casas que disponían de suministro, el agua podía recibirse únicamente durante determinadas horas. Por eso las fuentes y lavaderos continuaron siendo necesarios durante décadas. El sistema de abastecimiento no se modernizó plenamente hasta finales del siglo XX, especialmente tras la realización del sondeo del Calvario en 1989.
Los Siete Caños fueron, por su proximidad al pueblo y la continuidad de su caudal, uno de los principales lugares de abastecimiento y lavado de Albanchez. También existían otros puntos, como la Fuente de la Seda o Hútar, pero este conjunto tuvo una especial importancia en la vida cotidiana de los vecinos.
Una fuente con siglos de historia
Tradicionalmente se considera que podría remontarse al siglo XVI, aunque no existe un documento que permita asegurar la fecha de su construcción.
Sí se conocen distintas intervenciones posteriores. La fuente conserva referencias a restauraciones realizadas en 1763, 1889 y 1913. Mucho más tarde, en 1996, se acometió una importante rehabilitación que afectó también al lavadero y a su entorno. Se reparó su cubierta, se mejoró el sistema de conducción del agua y el espacio comenzó a adaptarse también como zona de descanso y esparcimiento.

Hoy ya no es necesario bajar a los Siete Caños para hacer la colada, pero el lavadero permanece como testimonio de una forma de vida que desapareció hace relativamente poco.
Sus piedras recuerdan una época en la que el agua había que ir a buscarla y lavar la ropa era una tarea compartida fuera de casa. Por ello, más allá de su valor como construcción tradicional, la Fuente de los Siete Caños conserva una parte importante de la memoria cotidiana de Albanchez.

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Comentarios
3 comentariosQue recuerdos!! Me acuerdo, q cuando yo era pequeña, dormía en casa d mi abuela Gregirua. Y era una mujer, q hasta q ya no pudo más, iba a lavar a la fuente. Pues me levantaba al amanecer para ir a lavar. Yo cogía una piedra pequeña q tenía y el jabón , y ella la suya y el tabaque con la ropa. Y llegábamos a la fuente y pillaba os nuestro sitio, unas veces más delante, otras más atrás. Yo me dormía lavando y las mujeres venga hablar y reír. Luego tendían los trapos y esperando q se secaran seguían hablando,y las niñas jugábamos. Se recogían cuando estaban casi secos y a casa.