Cuando pienso en la antigua cabina de teléfono, no pienso solamente en un lugar donde se hacían llamadas. Para mí era mucho más que eso. Era una pequeña parte de la vida del pueblo, de esas cosas sencillas que hoy parecen insignificantes, pero que con el paso de los años se convierten en recuerdos que uno guarda con cariño.

Recuerdo hacer llamadas desde aquella cabina. En aquellos tiempos no tenía teléfono móvil como ahora y, cuando quería hablar con alguien que estaba lejos, aquella cabina era una de las formas que tenía para comunicarme. Entrar, cerrar la puerta y tener una conversación, ajeno a lo que pasaba en el exterior.
El recuerdo mas especial que tengo de ella, era cuando llegaba la noche del Castillo y salía la vaquilla de fuego, empezaban las fiestas del municipio. Para mí aquella cabina tenía otra función. Si estaba libre, me metía dentro para refugiarme. Desde allí podía escuchar el ambiente, ver pasar a la gente corriendo y, sobre todo, sentir esa mezcla de miedo y emoción que provocaba la vaquilla cuando corría por las calles.

Era mi pequeño refugio. Una simple cabina de teléfono que, durante unos minutos, podía convertirse en el lugar más seguro.
Ahora, al recordarlo, me hace sonreír pensar en aquellas cosas.
La cabina ya no está, pero permanece en mi memoria. Y quizá ese sea el verdadero valor de estas cosas, que aunque desaparezcan de nuestras calles, en mi caso sigue viviendo en mi recuerdo.
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Comentarios
1 comentarioTengo otro recuerdo que todavía me hace sonreír, las monedas que a veces me encontraba dentro.
Cuando alguien hacía una llamada antes que yo, y se dejaba alguna moneda, me la llevaba super contenta. Era como encontrar un pequeño tesoro, aquella moneda encontrada allí tenía un valor especial porque era algo inesperado, algo que me había encontrado yo.
Recuerdo mirar bien antes de salir de la cabina, por si quedaba alguna moneda olvidada. Hoy puede parecer una tontería ,pero entonces encontrar unas pesetas dentro de aquella cabina podía alegrarte el día.